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Aquellos viejos tiempos del cilindro

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Los cilindros se niegan a morir
México, 22 de Enero (Notimex). Por Xóchitl Austria.

Los cilindros u organillos, cuya música se escucha todos los días por las principales calles de la capital mexicana y que fueron traídos de Alemania a México en 1884, se niegan a morir, porque quienes los utilizan, llamados cilindreros, se encargan de darles mantenimiento.

Durante 123 años, ese instrumento, gracias a los cilindreros, han alegrado las calles de esta capital, principalmente las que se localizan en el Centro Histórico, que es muy frecuentado todos los días por miles de personas, tanto mexicanas como extranjeras.

Desde muy temprano, cerca de 200 hombres y mujeres que han hecho de este oficio todo un modo de vida, intentan agradar a los transeúntes con el sonido de melodías tradicionales, como valses y boleros mexicanos.

Los cilindreros giran la manivela de esa caja musical de madera y al terminar la melodía solicitan la ayuda económica de quienes los escucharon, para así seguir manteniendo vivo el sonido, continuar con la tradición y ellos comer y vestirse.

Los organillos emiten melodías invaluables, tanto modernas como antiguas, y una que otra vez se escuchan sonidos entrecortados.

Se les conoce como cilindro por la forma que tiene el soporte donde están grabadas las melodías, con miles de puntillas de latón.

La música que a principios del siglo XIX fue todo un éxito, hoy en día produce nostalgia en aquellas personas que han vivido el desarrollo de la metrópoli y cuando la escuchan en el cilindro.

Don Octavio Chávez Rodríguez, que tiene 49 años trabajando como organillero, sale de su casa bien bañado y vestido con su uniforme de los Dorados de Villa (como él le llama), para recoger el cilindro en la casa de Doña Silvia, en el barrio de Tepito.

Después de recorrer varios kilómetros con 48 kilos a cuestas, se instala en la calle Francisco I. Madero, afuera del Sanborn's de los Azulejos, acompañado de su cooperadora, una mujer joven, quien se encarga de pedir la ayuda económica a las personas que escucharon las melodías.

«Yo siempre estoy aquí, mi columna ya no está bien, ya no aguanto los recorridos de antes. Imagínese... me recorría de Tacuba al Teatro de la Ciudad. Pero ahora nada más ando aquí —alza las cejas para señalar con la mirada a su organillo—, acompañado del matador Silverio Pérez», comentó.

El nombre del famoso Faraón de Texcoco, como se le bautizó a Silverio Pérez, se lo dio a su cilindro, un Violino Pan, que tiene 125 años, y aclaró: «Ya de estos originales sólo hay como 40 en la Ciudad de México».

La señora Silvia Hernández tiene en su poder seis de estos instrumentos originales que considera un patrimonio familiar, una herencia que le ha dejado su esposo Gilberto Lázaro.

Para ella, más que un negocio, es la lucha por preservar en la memoria una tradición musical y la existencia de varias generaciones de hombres que entregaron su vida a la reparación y cuidado de este instrumento, su esposo, su suegro don Gilberto Lázaro Gaona, y el abuelo, Pomposo Lázaro Aranda.

Esta nota no recuerdo ni de donde la tomé, pero la tenía guardada para cuando se prsentara la ocasión... y creo que llegó el momento de usarla (no creo que el 22 de enero de la fecha corresponda a este año 2011).

En la ciudad de León, Guanajuato, aún se pueden escuchar dos o tres cilindreros en la Zona Centro.

Gracias a Alberto Camilo, quien desde Cúcuta, Colombia, participó en este aporte.

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